Sevilla
Carles Enric
Andalucía entrega el cambio a PP y Vox
Opinió - 17/05/2026 - 23:42
El PSOE de María Jesús Montero se hunde hasta los 28 escaños, firma el peor resultado histórico del socialismo andaluz y confirma la pérdida de confianza en su antiguo gran bastión electoral
Andalucía ha dejado una noche electoral mucho más clara de lo que algunos querrán admitir. Los ciudadanos han vuelto a votar cambio, pero no lo han entregado a una sola sigla. El PP gana las elecciones, pero no consigue la mayoría absoluta. Vox sube y vuelve a ser decisivo. El PSOE cae hasta su peor resultado histórico. Y todo ello ocurre con una participación muy superior a la de 2022.
Esa es la gran clave política de la noche: Andalucía ha construido una mayoría PP-Vox mientras parte de la política sigue fingiendo que no la entiende. El resultado confirma que el cambio político iniciado hace años en la comunidad no solo se mantiene, sino que se consolida.
El dato de participación desmonta la coartada más cómoda del PSOE. Los socialistas no han perdido porque Andalucía se haya quedado en casa. Han perdido con más andaluces votando. La participación supera el 64% y crece más de ocho puntos respecto a las anteriores autonómicas. Cuando vota mucha más gente y el PSOE vuelve a caer, el diagnóstico cambia por completo: no falta movilización; falta confianza. No se quedaron en casa. Dejaron de votar al PSOE.
El socialismo andaluz encadena así una secuencia devastadora. Susana Díaz cayó a 33 escaños en 2018. Juan Espadas bajó a 30 en 2022. María Jesús Montero cae ahora a 28. Tres suelos históricos consecutivos no son una mala noche. Son una tendencia. El PSOE-A ya no está ante un accidente electoral, sino ante una pérdida estructural de centralidad en la comunidad que durante décadas fue su gran reserva política, orgánica y municipal.
Ese es el verdadero problema de fondo para Ferraz. Andalucía no era solo una autonomía más. Era una red de poder: alcaldías, diputaciones, agrupaciones locales, cuadros intermedios, cargos provinciales y cultura de gobierno. Por eso el golpe no se mide únicamente en escaños. Se mide también en lo que anuncia de cara al próximo ciclo municipal. El PSOE llega a esa batalla con la marca andaluza más débil de su historia reciente y con la idea de inevitabilidad completamente rota.
El PP, por su parte, gana con claridad, pero no logra el objetivo político que había colocado en el centro de la campaña. Juanma Moreno pidió una mayoría absoluta para gobernar solo. Los andaluces le han dado una victoria amplia, pero no una carta blanca. Se queda en 53 escaños, a dos de la mayoría absoluta. En política, dos escaños pueden ser un abismo. Andalucía no ha votado bloqueo ni regreso del socialismo. Ha votado cambio, pero no ha votado un cambio monocolor.
Ahí aparece Vox. No desaparece, no queda absorbido y no se convierte en una nota al pie. Sube hasta los 15 escaños y vuelve a ser imprescindible. Santiago Abascal lo resumió con una frase directa: “Volvemos a ser decisivos”. Manuel Gavira también apuntó en la misma dirección al afirmar que el próximo gobierno tendría “más sentido común”. Traducido políticamente: el PP ha ganado, pero la mayoría real del Parlamento andaluz sigue siendo una mayoría PP-Vox.
La consecuencia política parece evidente. Si los votos de Vox son necesarios para investir y sostener la legislatura, también serán determinantes para condicionar la acción del próximo Gobierno andaluz. La formación ya ha situado sobre la mesa sus exigencias de prioridad nacional y aspira a marcar la agenda de la Junta después de que el PP no haya conseguido gobernar en solitario.
Andalucía no debería convertirse en una excepción destinada a salvar los complejos del PP. En otras comunidades autónomas, la mayoría PP-Vox ha tenido traducción institucional. Aquí la aritmética dice lo mismo: PP y Vox suman 68 escaños, trece por encima de la mayoría absoluta. Los ciudadanos han construido el bloque de cambio. Algunos políticos siguen empeñados en no verlo.
También hay que mirar a SALF. No entra en el Parlamento, pero no puede despacharse como una simple anécdota. Supera los 100.000 votos, ronda el 2,5% y se convierte en la primera fuerza extraparlamentaria, muy por encima del resto de partidos pequeños. No cambia la mayoría, pero señala una bolsa real de voto de protesta. La derecha haría mal en despreciarla. Ese voto necesita cauce político. Si no se integra, queda fuera de las instituciones. Si se entiende, puede convertirse en fuerza útil.
La izquierda alternativa también quiso fabricar su pequeña noche histórica. Adelante Andalucía habló como si pudiera proclamarse principal referencia de la izquierda andaluza, pero los números obligan a bajar el tono: 8 escaños frente a los 28 del PSOE. Puede celebrar resultado, pero no hegemonía. Crece, sí; disputa relato dentro del espacio de la izquierda, también; pero no sustituye al socialismo ni se acerca a disputar el poder. A lo sumo, le muerde un flanco a un PSOE debilitado.
La noche deja, además, otro aviso a la industria demoscópica. No basta con acertar el ganador. Si se instala la expectativa de una mayoría absoluta del PP y la noche termina con Vox decisivo, el error no es menor: es político. Las urnas han corregido el relato. No hubo terremoto porcentual, sino algo quizá más importante: una confirmación estructural. Con más participación, el PSOE volvió a caer. Con menos margen del esperado, el PP siguió dominando. Con una subida modesta, Vox volvió a ser decisivo.
Andalucía no ha cambiado de golpe. Ha confirmado hacia dónde lleva años moviéndose. El binomio PP-Vox se consolida como mayoría de cambio. El partido que gobernó Andalucía durante décadas vuelve a perforar su suelo histórico. Y la nueva izquierda sube, pero sigue en los márgenes del poder. El cambio está aquí. Lo han dicho las urnas una vez más. Los ciudadanos ya han construido la mayoría. Falta que algunos políticos dejen de comportarse como si no la hubieran entendido.
Autor: Carles Enric












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