
Su pintura atrapa el instante en que el sol toca las cosas y las vuelve color: del jardín en penumbra al rostro que sonríe, del agua quieta a la luz de un cielo encendido.
Pintar a manchas
Lo primero que se reconoce en un cuadro de Lalla es el gesto. La pintora construye por manchas de color yuxtapuestas, pinceladas anchas que no rellenan un dibujo previo, sino que fundan la forma al depositarse. En sus caminos y riberas, el suelo es un mosaico de golpes de luz y sombra que solo a cierta distancia se ordena en sendero; de cerca es pura materia pictórica. Esa manera de trabajar exige decisión: cada mancha se pone una vez y se queda. No hay corrección tímida ni acabado lamido. Hay un pulso que confía en el primer acierto.
El sol como verdadero modelo
Debajo de la técnica late una obsesión, la luz. En la obra de Lalla el motivo es casi un pretexto para pintar cómo lo ilumina el sol. Un jardín, un río, una mujer que sonríe, un árbol en una cima: lo que de verdad se pinta es la temperatura de la hora, el modo en que la claridad se posa sobre el agua, sobre la cal, sobre la piel. Cuando aborda un estanque, la superficie se convierte en el asunto entero, un tejido de verdes hundidos y destellos rotos. La pintora persigue ese punto en que la realidad se disuelve en color y todavía se deja reconocer. Trabaja en el borde exacto donde la representación coquetea con la abstracción y, en el último instante, la sujeta con el dibujo.
Un mismo ojo para el jardín y el rostro
Sorprende la amplitud del registro. Paisajes de cielos incendiados conviven con retratos de raíz etnográfica, con rincones de jardín y con riberas de río. Podría parecer dispersión; es lo contrario. A todos los asuntos los une una misma mirada, cálida y solar, y una misma economía de medios. Sus figuras lo confirman: sobre fondos de ocres apenas insinuados, una mujer que porta un fardo sobre la cabeza se resuelve con la misma soltura con que se pinta un macizo de flores, y aun así respira dignidad y presencia. Lalla no jerarquiza sus temas. Un rostro humano y un macetero de geranios reciben idéntica atención pictórica, y esa democracia de la mirada es, en sí misma, una posición estética.
Parientes de luz: el jardín de Sorolla, el color de Mir
La pintura se inscribe en una genealogía muy española, la de los pintores de la luz. Cuando Lalla resuelve un estanque rodeado de macetas de barro, cuesta no recordar los jardines que Sorolla pintó en el Alcázar de Sevilla o en el Generalife, aquellos rincones de agua quieta y sombra fresca donde la pincelada suelta bastaba para levantar el calor del mediodía. Pero su color, más saturado y libre, mira también hacia un maestro menos citado, Joaquín Mir, y su paisaje casi vibrante de pura materia cromática. A ello suma una geografía propia, la del sur mediterráneo y el norte de África: el azul cobalto de sus patios convoca los jardines de Marrakech y la estirpe del célebre azul Majorelle. Esa geografía es el lugar del que nace su paleta.
Una pintura que respira en la pared
Ahí se juega buena parte de su valor para quien colecciona. La obra de Lalla tiene luz propia: alumbra el muro donde cuelga y cambia con las horas del día, igual que cambiaba la luz que la originó. Es pintura amable de mirar y difícil de agotar, porque la mancha guarda siempre algo por descifrar. A eso se añade una versatilidad que rara vez convive con un sello tan claro: quien reúne un paisaje, un jardín y un retrato suyos se lleva tres asuntos distintos y un mismo temperamento inconfundible. Para el galerista, es una obra que dialoga con el gran público sin renunciar al oficio; para el crítico, una pintura que reabre la vieja conversación sobre la frontera entre ver y pintar.
Lalla pinta la luz antes que la forma. Le basta una mancha bien puesta para levantar el bochorno de un mediodía o la sombra fresca de un jardín, y ese mismo desparpajo sirve tanto para una ribera arbolada como para el rostro sonriente de una mujer. Hay en cada tela oficio antiguo y frescura de apunte tomado del natural. Es una pintura que emociona sin pedir permiso y que, mirada despacio, todavía guarda con qué sorprender al entendido. Se queda en la memoria como se queda un buen día de sol.
Autor: Redacció











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