El machismo real no siempre lleva sotana, bigote ni puro. A veces se presenta envuelto en lenguaje inclusivo, pancartas moradas, ministerios de Igualdad y solemnes discursos contra el patriarcado. El verdadero machismo de una parte de la izquierda española consiste precisamente en esa contradicción: predicar una emancipación que después no practica puertas adentro. Convertir a la mujer en bandera, en coartada y en elemento decorativo. Hablar de feminismo mientras las mujeres, cuando resultan útiles, sirven; y cuando dejan de serlo, simplemente decoran.
El caso de José Luis Ábalos resume como pocos esa doble moral. Un dirigente perteneciente al partido que durante años se presentó como la vanguardia moral del feminismo aparece vinculado a un escenario que recuerda a las formas más antiguas del ejercicio del poder: favores, habitaciones, viajes, silencios y mujeres orbitando alrededor de quienes mandan. Pocas imágenes resultan más alejadas del relato oficial del PSOE. Y, al mismo tiempo, pocas resultan tan reveladoras. Porque cuando se apagan los focos del mitin y desaparece el decorado morado, aflora una realidad que la propaganda difícilmente puede ocultar.
Tampoco se trata de un episodio completamente aislado. El socialismo vasco tuvo durante años como una de sus figuras más relevantes a Jesús Eguiguren, condenado por agredir a su entonces esposa. Y uno de los principales aliados parlamentarios de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, dejó para la posteridad unas declaraciones sobre "azotar hasta que sangre" a una mujer que provocaron una enorme polémica. Después llegan las disculpas, las contextualizaciones y las explicaciones. Curiosamente, cuando los protagonistas pertenecen a la izquierda suele apelarse a la evolución personal, al contexto o a la segunda oportunidad. En cambio, cuando los hechos afectan a la derecha, una frase o una condena acostumbran a convertirse en una etiqueta permanente.
Y después está Gertrudis. La imagen de la secretaria, impasible, quieta y prácticamente inmóvil mientras su jefe comparece, tiene una enorme fuerza simbólica. No porque ella sea el problema, sino porque representa, para muchos, el papel que determinadas estructuras de poder reservan a algunas mujeres: permanecer, sostener, no incomodar, no preguntar y no alterar el guion. La mujer como presencia disciplinada. La mujer como mobiliario institucional. La mujer como parte del decorado del dirigente. No se busca la verdad; se busca que nada rompa el relato.
Ese es, para muchos críticos, el feminismo que aparece cuando desaparece la pintura del decorado. Mujeres utilizadas por unos, mujeres convertidas en atrezo por otros. Mujeres invocadas constantemente en los discursos, pero a las que se exige discreción cuando los intereses del partido están en juego. Se habla de empoderamiento, pero con demasiada frecuencia se premia la obediencia cuando protege al líder, al aparato o al relato político. La mujer libre resulta imprescindible durante la campaña electoral; la mujer silenciosa parece mucho más útil cuando estalla una crisis.
Y, en medio de todo ello, aparece Pedro Sánchez apelando públicamente al amor hacia su esposa como si el debate político se trasladara al terreno de una novela romántica. Es perfectamente posible que ese afecto sea sincero. Nadie puede conocer la intimidad de una relación. Sin embargo, después de años de discursos grandilocuentes, de superioridad moral y de una intensa construcción de imagen, muchos ciudadanos pueden preguntarse si también esa puesta en escena forma parte de una estrategia de comunicación cuidadosamente diseñada. En el sanchismo, incluso los sentimientos parecen comparecer acompañados de iluminación, asesores y argumentarios.
Por eso el debate trasciende la conducta concreta de un dirigente. Lo que se cuestiona es un ecosistema político que, según esta visión, ha convertido el feminismo en una poderosa marca electoral más que en una exigencia ética. Una marca sirve para ganar elecciones, señalar al adversario y reivindicar una supuesta superioridad moral. Una ética, en cambio, obliga a examinarse a uno mismo, a aplicar los mismos estándares hacia dentro que hacia fuera y a preguntarse por qué pueden convivir, dentro del mismo espacio político, discursos de igualdad con comportamientos que los contradicen.
El feminismo auténtico no consiste en repetir consignas, multiplicar ministerios o monopolizar el lenguaje de la igualdad. Empieza donde comienza cualquier principio ético: en no utilizar a las personas, en no exigir silencios interesados y en no convertir a las mujeres en la coartada estética de un poder que continúa siendo, en demasiadas ocasiones, profundamente masculino. Todo lo demás puede convertirse en simple atrezo. Y el PSOE, cuando se cae el decorado, deja ver demasiadas veces que detrás de la pancarta no había igualdad. Había poder.