Cuando escribimos por primera vez sobre Carles Puigdemont, en enero de 2016, lo hicimos para señalar su falso currículum. Todas sus biografías —incluidas las oficiales del Ayuntamiento de Girona— le atribuían una doble licenciatura en Periodismo y Filología Catalana. Sin embargo, como él mismo acabaría reconociendo en el Parlament de Catalunya, su formación académica no iba más allá del bachillerato. Un hecho que, si bien no es deshonroso por sí mismo, sí lo es cuando se utiliza para construir una imagen pública que no se corresponde con la realidad.
Mentir sobre los estudios es fácil de comprobar: o se tiene el título, o no se tiene. Desde entonces, han proliferado casos similares no solo en Cataluña, sino en toda España. Fingir una formación académica inexistente suele ser síntoma de inseguridad personal y de una necesidad constante de validación, rayana con el autoengaño. Es lo que ocurre cuando alguien alcanza cierto nivel de influencia con los llamados “pies de barro”. Y cuesta creer que, incluso en un nombramiento a dedo como el de director de la Casa de Cultura de Girona, nadie reparase en la falta de cualificación académica de Puigdemont.
Más allá de su discutible relación con los estudios, la figura de Puigdemont ha estado rodeada de zonas grises en su vida personal. Aunque no entraremos en rumores ni detalles privados, es legítimo preguntarse si ciertos aspectos íntimos han influido en su trayectoria pública. En política, a veces resulta más revelador lo que se oculta que lo que se declara.
Como recordaba el periodista Albert Soler, hubo un tiempo en que Puigdemont era habitual en la barra del Boomerang, un bar musical de Girona. En plena crisis personal tras una ruptura sentimental, buscaba refugio en copas y largas conversaciones. Según diversas fuentes, durante aquellos años mantenía conexiones con sectores del independentismo radical, no solo como observador, sino como participante activo en algunas iniciativas. Eso sí, a pesar de lo insinuado por ciertas publicaciones, Puigdemont nunca formó parte de ninguna organización armada como Terra Lliure. Y si se permite la ironía, tampoco parecía tener el carácter para ello.
En ese contexto, su tendencia a hablar de más lo convirtió, de forma involuntaria, en una fuente de información para los servicios de inteligencia del Estado. Le gustaba contar historias, presumir de una formación que no tenía o insinuar vínculos con causas en las que nunca se implicó realmente. En definitiva, un personaje necesitado de reconocimiento que se inventaba un relato a medio camino entre la realidad y la fantasía.
Su primera gran huida fue en 1992, durante la conocida Operación Garzón. Entonces, Puigdemont comprendió —quizá demasiado tarde— que las copas que le invitaban no eran por simpatía, sino por el valor de lo que podía contar. Cuando los detenidos de su entorno empezaron a caer, se esfumó. No por miedo a ser arrestado, sino por temor a lo que ellos pudieran revelar. Fue su primer "Estrasburgo": estar cerca, pero huir cuando más se le necesita. En 1991, “Carlitos”, como lo llamaban algunos, era más útil como informante que como activista.
Ese episodio marcó su declive dentro del sistema de información del Estado. De redactor jefe bien conectado pasó a ser un periodista de provincias, sumido en una depresión, apartado del foco. Su tendencia a la exageración, unida a su necesidad compulsiva de reconocimiento, lo convertía en una fuente poco fiable. Y aunque hablaba mucho, no todo lo que decía era cierto ni útil.
Puigdemont nunca ha vivido su vida tal como es, sino como le gustaría que fuera contada. Un día se presentaba como licenciado en dos carreras; otro, se atribuía vínculos con organizaciones armadas; más tarde, fue presidente de la Generalitat —quizá su única verdad comprobable— y hoy se autodefine como “exiliado”. Cuando alguien construye su carrera sobre la mentira y llega al máximo poder de una comunidad autónoma, el problema ya no es solo individual: es estructural. Hay un sistema que lo permite.
La cobardía ha sido una constante en su biografía. Y la última huida, la de Estrasburgo, no es más que otro capítulo más de ese patrón. Puigdemont debe decidir cómo quiere pasar a la historia. Porque no basta con autoproclamarse héroe; para ello se necesita algo más que discurso y escapismo.
Hoy, más que un líder, es un fugitivo con pasado de cobardía. Y si realmente quiere cambiar esa narrativa, solo le queda una salida: enfrentarse a la historia de verdad. Quizá leyendo esta columna —sabemos que lo hará— se plantee esa última oportunidad: dejar de ser el personaje y empezar a ser la persona.
Autor: Carles Enric












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