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14-08-2026 | 19:16hs
•OPINIó

¿Soy yo o siempre son los mismos?

Un grave incidente con ocho policías en Lloret reabre una incómoda pregunta sobre inmigración, delincuencia y convivencia: ¿estamos ante simples percepciones y experiencias personales o hay una realidad estadística detrás?

Lo digo por el incidente ocurrido en Lloret el pasado miércoles, del que informaba GIRONA NOTÍCIES. Ocho policías de esta localidad —seis de ellos interinos, por cierto— han tenido que someterse a pruebas médicas después de que un hombre de origen magrebí positivo en VIH les escupiera. Maldita la gracia. Espero que los resultados sean negativos.

Por eso, no sé si es leyenda urbana o la pura realidad. Personalmente, tengo la sensación de que, por lo general, los que la lían siempre son los mismos.

Hace años, por ejemplo, me robaron un ciclomotor en las inmediaciones de la estación de Sants que utilizaba para los desplazamientos en Barcelona. No se me olvidará el comentario que hizo el mosso d’esquadra al ir a hacer la denuncia: «Debe estar ya en dirección a Marruecos».

En otra ocasión, estaba a punto de coger un avión para ir a Dublín en una compañía de bajo coste muy estricta con las dimensiones de los bultos. Al lado, embarcaba un vuelo para Marruecos. Hubo un escándalo porque a un pasajero no le dejaban subir. Se puso a dar saltos encima de la maleta a ver si adelgazaba el contenido.

—¿Qué pasa? —le pregunté a un empleado.

Es el vuelo de Tánger, el peor de toda la compañía —me confesó.

Una tercera experiencia: no hace mucho intentaron ocupar una vivienda delante de nuestro domicilio particular. Era la hora de la comida y, por los gritos que pegamos al verlo a través del balcón, desistió. Había conseguido encaramarse al primer piso con una enorme agilidad. Era el típico adolescente magrebí con pelo ensortijado. Desde entonces, el propietario —que la reservaba para la hija— vive con el corazón en un puño.

Desde luego, también hay okupas blancos y hasta de buena familia. Sin embargo, no he visto ni a chinos ni a pakistaníes ocupar vivienda alguna. Quizá tienen el respeto a la propiedad privada más arraigado, por mucho que los primeros vengan de un régimen en teoría comunista. Desconozco cuál es la política de vivienda en Marruecos, aunque estoy seguro de que, en su país de origen, serían desalojados rápidamente al menor intento.

Quizá es un tema estadístico. En Cataluña hay más de 252.000 marroquíes, según cifras oficiales. No obstante, todo el mundo sabe que son más. Entre 400.000 y 600.000. Los sin papeles no salen en las estadísticas; los nacionalizados dejan de salir, y los hijos de familias magrebíes tampoco constan. En todo caso, es la minoría más numerosa, con casi un 17 %. Y, como decía, nos quedamos cortos.

O que el rey, aprovechando cada fiesta de acceso al trono, nos manda la crème de la crème tras la correspondiente amnistía. Solo este año ha concedido el perdón a unas 1.200 personas por el fin del Ramadán y a otras 1.300 con la Fiesta del Sacrificio.

Sin olvidar Ceuta, que es un polvorín. Se han dado ya casos de presuntas agresiones sexuales de los mismos que entraron ilegalmente. ¡A menores! Y eso que son sus compatriotas.

Sin ánimo de ofender a nadie, pero —en materia de respeto a la mujer y a la igualdad de sexos— el islam va por detrás de nosotros. Una de las esposas de Mahoma tenía seis años en el momento de la boda. Aunque el matrimonio se consumó con nueve.

Por supuesto, tampoco se puede generalizar. Yo, que vivo en una localidad con un 35 % de inmigración, tengo vecinos excelentes. Ibrahim, al que le compro la fruta. Miren si es honrado que un día se me cayó un billete de cinco euros del bolsillo y me lo guardó hasta la compra siguiente. O Mustafa, un currante, al que siempre veo con la furgoneta arriba y abajo para mantener a su familia. Mohamed me hizo obras en casa con una buena relación calidad-precio. Y la familia de Gima —yo la llamo Gema— levantó un imperio también de frutas y verduras a base de trabajar.

Aunque, como les he contado varias anécdotas personales, voy a terminar con otra: en mi calle estaban haciendo obras y la empresa quebró. Durante meses todo quedó patas arriba. El ayuntamiento tuvo que hacer un nuevo concurso público. La nueva adjudicataria completó las obras en quince días. Todos los obreros eran chinos. Un día hablé con el encargado sobre la rapidez con que habían ultimado el proyecto. Me confesó:

—Yo solo contrato a chinos. Solo trabajan. Ni magrebíes ni latinos.

Lo mejor fue la frase que me dijo a continuación y que, como pueden ver, me quedó grabada: «Todos los hombres son iguales, pero no todas las culturas son iguales».

Pues eso.




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https://gironanoticies.com/noticia/302202_-oyyoo-iempre-onlo-mi-mo--1.htm