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El desafío estratégico a Estados Unidos puede tener más impacto en la estabilidad del Gobierno de lo que aparenta si la oposición decide aprovechar la ventana parlamentaria
En política hay una regla básica: quien marca el tema gana el debate. Y Pedro Sánchez lo sabe. Mientras la oposición habla de escándalos, tribunales o corrupción, el presidente gira el tablero y coloca otro asunto sobre la mesa: Estados Unidos, la soberanía española o el uso de las bases de Rota y Morón. De repente, el debate ya no gira en torno a los problemas del Gobierno, sino a si España debe obedecer a Washington. Y cuando el foco cambia, Sánchez vuelve a recuperar la iniciativa política.
No es casualidad. Sánchez ha demostrado ser un político extremadamente táctico. Cuando la presión interna aumenta, cambia el campo de juego. Lo hizo con los indultos del procés, con la amnistía y ahora con la política exterior. El mensaje dirigido a su electorado es sencillo y eficaz: España decide por sí misma y no acepta órdenes de nadie. Ese discurso, además, encaja perfectamente con buena parte del bloque que sostiene al Gobierno, desde Sumar hasta los sectores más críticos con la OTAN.
Pero el movimiento tiene una segunda derivada mucho más importante: el reto ya no se lanza solo a la oposición española, sino también a Europa. El dilema implícito pasa a ser otro: Europa o Sánchez. Y en Berlín esa respuesta parece bastante clara. Alemania lleva tiempo defendiendo que la cohesión del bloque occidental es imprescindible en plena guerra en Ucrania y con Oriente Medio al borde de una escalada permanente. Para Berlín, Varsovia o los países bálticos, la seguridad europea sigue dependiendo en gran medida del paraguas estratégico de Estados Unidos.
Ahí aparece el verdadero riesgo. Retar a Washington rara vez tiene consecuencias personales para un líder. Estados Unidos no suele entrar en guerras retóricas con dirigentes concretos; simplemente ajusta su nivel de confianza y redefine sus prioridades estratégicas. Es decir, el coste potencial no lo paga quien toma la decisión, sino el país. Por eso, en muchas capitales europeas se observa con inquietud cualquier gesto que introduzca dudas sobre la alineación atlántica de España.
Mientras tanto, en la política interna española el movimiento vuelve a colocar la responsabilidad sobre la oposición. Si el PP de Alberto Núñez Feijóo quiere recuperar el control del tablero político, la reacción no puede limitarse a criticar al Gobierno desde la bancada. Tendría que romper el tablero. Y en el sistema parlamentario español solo hay una forma real de hacerlo: intentar una moción de censura.
Y aquí está el punto que Feijóo parece no ver. Si esa moción se plantea en un contexto de choque estratégico con Estados Unidos y con una creciente preocupación en Bruselas y Berlín, las presiones externas podrían jugar un papel decisivo. Partidos como el PNV o Junts han demostrado siempre una enorme sensibilidad a las señales que llegan de Europa y de Washington. En muchas ocasiones atienden más a ese tipo de presiones internacionales que al propio debate político español. En ese escenario, la aritmética parlamentaria podría empezar a moverse de una forma muy distinta.