Se acaban de conocer los resultados de la consulta interna de Junts, y los números son tan claros como inquietantes: una participación del 66,29%, con un 86,98% de votos a favor del “sí”, un 10,22% en contra y un 2,80% en blanco. La militancia ha avalado la estrategia de Carles Puigdemont sin apenas implicarse. Es un triunfo sin músculo, una mayoría sin alma. En la superficie, éxito total; en el fondo, un vacío político que deja a Junts más débil de lo que aparenta.
El resultado refleja un partido disciplinado, pero desmotivado. La base ha obedecido, no ha seguido. Puigdemont logra el refrendo que buscaba para justificar su aproximación a Pedro Sánchez, aunque con un eco sordo entre los suyos. En lugar de fortaleza, proyecta cansancio. En lugar de cohesión, transmite una calma tensa que muchos interpretan como resignación ante una estrategia cada vez más difícil de comprender.
El mensaje de la militancia es silencioso, pero elocuente: “haz lo que quieras, pero no cuentes con nosotros”. Esa desafección puede transformarse pronto en castigo político. O Junts da un golpe de autoridad —por ejemplo, apoyando una moción de censura o marcando un punto claro de ruptura— o el espacio independentista verá cómo sus bases emigran hacia Aliança Catalana a una velocidad de vértigo. El margen de paciencia con el supuesto “realismo táctico” de Puigdemont se está agotando.
El expresident sigue siendo el vértice simbólico del independentismo, pero cada concesión lo acerca más a la irrelevancia. La consulta de hoy no refuerza su liderazgo; lo deja al descubierto. Porque un partido que gana por inercia es un partido que empieza a perder el futuro. Y en política, la fe que no se moviliza acaba votando en otra parte.
Puigdemont mantiene el poder, pero ya no inspira. Y cuando un líder deja de inspirar, lo único que le queda es arrodillarse ante el calendario.