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El cántabro acusa al emérito de evasor; el rey responde con una demanda. Entre egos, micrófonos y falta de condenas, la justicia sigue sin aparecer
España, paraíso de quienes se suben al púlpito sin que nadie los llame, nos regala otro sainete: Miguel Ángel Revilla, ese cántabro convencido de ser el oráculo de la moral, va por ahí llamando evasor y sinvergüenza al rey Juan Carlos I. Desde su retiro de sultán en Abu Dabi, el emérito responde con una demanda por calumnias: 50.000 euros que —dice— donará a Cáritas, como si un gesto solidario pudiera borrar el tufo de las cuentas opacas. Revilla, en pose de mártir televisivo, clama: “¡Qué injusticia, un inviolable contra mí!”. Pero aquí todos venden humo y nadie enseña la factura.
Seamos serios: el de las anchoas lleva años pontificando en platós y columnas, pintando al emérito como el diablo con corona. ¿Pruebas? Rumores, titulares reciclados, el runrún de la calle. Pero sentencias firmes, ni una. Juan Carlos arrastra sus elefantes, sus amantes y sus millones sospechosos, pero lo más cerca que ha estado de un juzgado ha sido ante las cámaras. Revilla, mientras tanto, se pasea gimoteando, como si su verbo desatado lo convirtiera en fiscal del reino sin toga ni tribunal.
El límite está claro: los tribunales, donde las palabras pesan lo que un juez firma, no lo que suelta un charlatán. El “honor” del rey podrá ser una broma, pero sin condena, las acusaciones de Revilla son puro ruido de taberna. La demanda, firmada por el bufete Novalex —sí, el de Ayuso, qué casualidad—, no limpia la imagen del emérito, pero sí busca ponerle bozal al cántabro: “Menos lengua y más pruebas”.
Porque entre los que se creen dioses y los que se arrogan verdades absolutas, la justicia sigue de vacaciones. Revilla, con 82 años y su aire de profeta rural, se ha erigido en vengador del pueblo. “Se me cayó un mito”, repite, y carga contra el rey como si su desencanto equivaliera a una sentencia firme. Pero el mito sigue intacto en lo judicial, y él hace caja entre lamentos y portadas.
El acto de conciliación en Santander promete ser un esperpento: Revilla con su show, y Juan Carlos enviando a su abogada a torear la escena. Nadie cede, porque aquí la razón naufraga en el ego. Vivimos atrapados en este circo: unos se coronan guardianes de la verdad, otros se blindan tras la ausencia de condenas. El rey no tiene sentencia, Revilla no tiene filtro, y nosotros, hartos y burlones, miramos cómo sigue el desfile. La monarquía cruje, pero sin juez que lo certifique, todo es teatro. El cántabro se desgañita, el emérito se descojona, y el país, como siempre, sigue igual. Qué cuadro.